Con el ascenso del Real Oviedo a Primera División 24 años después empieza el discurso de odio. Cuando el respeto sea una realidad en el fútbol, habremos logrado algo muy grande, avanzar como personas.
Me encanta el fútbol. Llevo jugando a este deporte desde pequeño con mi hermano Miguel. Lo que no me gusta son las constantes faltas de respeto. Ahora mismo vivo en Gijón y alguna vez salgo a dar un paseo con la camiseta del Real Oviedo puesta y tengo miedo.
Miedo a que me den una paliza o a que me insulten. Si viviéramos en un mundo normal, no pasaría nada por salir por Gijón con la camiseta del Oviedo o al revés. ¿Por qué voy con los huevos a la altura del cuello por si me pegan? Porque el fútbol saca lo peor de nosotros.
Ante todo, es un deporte y los primeros en dar un ejemplo son los padres. Si van a un partido de sus hijos y se ponen a gritar como locos, ¿Qué ejemplo les dan? Ninguno. No todos se ponen así, pero muchos sí lo hacen.
Otra de las cosas que me saca de quicio, ¿Qué necesidad hay de insultar al árbitro? O ¿Por qué si una mujer juega al fútbol le dicen que mejor se vaya a fregar? ¿En qué siglo estamos? Las mujeres también juegan al fútbol, a las niñas también les gusta el fútbol, las chicas también juegan al fútbol y no todas son lesbianas. El fútbol no es un deporte exclusivo de los hombres. También existen artistas del tiki-taka femenino. ¿Sabéis quién es Aitana Bonmatí? Es Don Andrés Iniesta pero en mujer.
El fútbol es como el circo romano donde los gladiadores luchaban y el pueblo se entretenía. La diferencia es que los leones de la actualidad son algunos aficionados que no tienen educación alguna.
Cuando pueda pasear por Gijón con la camiseta del Oviedo tranquilo, ganaremos en civismo futbolístico. Espero que ese día no tarde en llegar y lo pueda llegar a ver con mis propios ojos.

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